Un debate poco democrático y un problema de egos


Nos levantamos hoy con esta espectacular portada de ‘La Vanguardia’ en la que el rotativo catalán exhibe, no sin orgullo y haciéndose los ofendidos, la fotografía del ‘no debate’ de ayer por la noche en 8TV. Ha sido la comidilla periodística de la campaña, uno de esos temas que sólo interesan a aquellos que diseccionamos las campañas electorales hasta el último pedazo. Al gran público poco le importa: los que quisieron debate ya tuvieron más que de sobras el viernes pasado en TV3 (una televisión pública). Y sin triquiñuelas añadidas. Finalmente, el periódico de Godó ha conseguido, por hache o por be, aquello que quería situar en su primera página: una fotografía de los cuatro candidatos sin la actual ministra de Defensa y candidata más votada en las últimas elecciones, Carme Chacón. Y digo esto porque todo el mundo en la cadena del Conde sabía que este debate a 5 nunca iba a celebrarse. Cierto es que se sabía la fecha desde hace mes y medio, como dice el periódico, pero no es menos cierto que desde el primer momento se atribuyeron problemas de agenda para no realizarse. Entre ellos, compromisos ya pactados con cadenas públicas que no era posible cancelar. Y se ofreció siempre la figura del número 2 por Barcelona, Daniel Fernández, para que asistiera en representación del partido. Pero eso no importa para aquellos que saben lo que quieren conseguir. Sigue leyendo

Artur Mas lo ha demostrado: la cultura es de izquierdas

Desde hace muchas décadas hay en política una serie de tópicos extendidos y marcados a fuego que estigmatizan según qué áreas de gestión. Por ejemplo, las políticas sociales son cosas de izquierdas. O que la economía la gestiona mejor la derecha. Tópicos basados en generalizaciones que se instalan en el imaginario colectivo y van calando hasta convertirse en verdades absolutas. Entre estas áreas está también la cultura.

No sólo en España, que por ser un país sometido durante casi 40 años a una dictadura estaría más que justificado, sino también en el resto del mundo, la cultura ha sido siempre cosa de izquierdas. Actores, escritores y la mayoría de filósofos se han identificado tradicionalmente con los valores del socialismo, el comunismo y otros derivados. En nuestro país, este hecho se relaciona con la dedicación de la Segunda República al fomento del florecimiento cultural y a la formación de las masas. Desde entonces, el gremio ha estado siempre, hasta nuestros días, comprometido con los valores sociales que representa la izquierda y se ha manifestado siempre contraria a los gobiernos de derechas, como se hizo notorio sin ir más lejos durante las manifestaciones contra la guerra de Irak.

Han sido muchos los que se han esforzado en desmentir la hegemonía de la izquierda cultural e intentado convencer de que la derecha también tiene a sus representantes. Aunque, obviamente, menos y más escondidos. Pero era necesaria la llegada de Artur Mas para acallarlos a todos y demostrar, una vez más, que la cultura cojea por la izquierda y no por la derecha. El nuevo presidente de la Generalitat presentó poco después de Navidades su flamante nuevo ejecutivo, repleto de personajes que provienen del mundo de la empresa. Pero, sorpresa. Para el departamento de cultura se guardó un as en la manga: reclutó para la causa a un rencoroso Ferran Mascarell, miembro reconocido del ala catalanista del PSC. Según él, una proclamación que responde a lo que él denomina ‘el Govern dels millors’.

Los medios de comunicación, pecando tal vez de miopía y falta de perspectiva, han destacado la opa hostil de Mas al PSC, sin ser conscientes de algo mucho más destacable. Finalmente, la derecha se rinde y lo acepta. La única cartera para la que el president Mas ha elegido a alguien del ala izquierdista ha sido cultura. ¿A caso no había tantos culturetas afines al color azul?¿No se habían molestado siempre los neoliberales y conservadores en defender su herencia cultural? Parece que finalmente, la realidad aplasta de forma violenta los castillos construidos sobre el aire y se reconoce que, guste o no, el mundo cultural tiene sensibilidades sociales. Y éstas están únicamente en un bando. El otro es, según ellos, el encargado de levantar la economía. Pues eso: zapatero a sus zapatos.