‘La Caja’ cruza el límite

Casi desesperado por la nula oferta televisiva del pasado martes, encuentro gustosamente el refugio a través de unas risas fáciles: Aída. Tras 10 minutos de episodio, en la parte superior izquierda, aparece un anuncio en el que pone ‘La Caja: estreno a las 00:30”. Miro el reloj: son las 00:00. Y, receptivo como soy a todas estas burdas campañas de marketing (además de muy crítico con la televisión), decido quedarme al menos media horita más para ver de que se trata. Sin ningún ‘input’ previo sobre el programa, considero que vale la pena esperar, con la esperanza de que sirva para descubrir algún novedoso formato televisivo.

Para quien no sepa de qué va el programa, le pongo en situación. En cada episodio hay tres personas, tres individuos que por algún motivo u otro tienen un problema que oprime sus vidas. Ellos, sin cobrar ni un euro y con la sola esperanza de poder ver solucionada su angustia, son introducidos en una habitación de unos tres metros cúbicos, cuyas cuatro paredes están ataviadas con ‘videowalls’ que repiten todas la misma imagen. Además, una voz en off  va haciendo a las veces de conductor del programa. Hasta aquí todo correcto. Es toda la información que se desprende de la introducción que se incluye al inicio del programa.

“Puede que no esté del todo mal” pienso para mis adentros, dado que no tengo a nadie a mi alrededor con quien comentar la jugada. El plateamiento me parece, más allá del estilo yankee que le precede, original. Pero todos estos sentimientos positivos se desvanecen desde el momento en que los tres personajes nos exponen sus casos en profundidad: el primero, un hombre de unos 50/60 años de edad que perdió a sus dos hijos, a su nuera y a su nieto en el trágico accidente de Spanair del 20-A; el segundo, una chica que admite padecer una fobia extrema a las cucarachas, hasta el punto de no poder ni mentar su nombre; el tercero, otra chica de unos treinta años de edad que dice estar en una profunda depresión, que su marido la ha dejado y que ha intentado suicidarse hasta en tres ocasiones.

En este momento del programa, cuando no hace ni diez minutos que ha comenzado, ya me comienzo a oler el panorama, sobretodo después de comprobar que el logo de Telecinco está en la parte inferior derecha de la pantalla. Y todavía me reafirmo más en mi pensamiento al ver como empieza la ‘terapia’ al primer paciente. Entra en ‘La Caja’ con la cara descompuesta y casi a punto de llorar. Es bombardeado con imágenes de sus hijos y su nieto pocos días antes del accidente de aviación. Al mismo tiempo, la voz en off le va preguntando que siente, a qué le recuerdan, que le transmiten… Imágenes de momentos felices, a las que él responde “Esa es de un día antes de morir, con toda la vida por delante. Proyectos, ilusiones, y ahora están muertos”. Basta, ya no aguanto más.

Miro el reloj: son las 00:50. Sólo he sido capaz de aguantar veinte minutos, más de lo que en realidad hubiera querido si no fuera porque mi curiosidad predominaba sobre mi moral. Este programa no es más que la comercialización del dolor ajeno llevado al extremo. Personas que, en realidad, sufren problemas psicológicos y psiquiátricos, que lo último que necesitan es ver como una televisión privada gana dinero mientras ellos se desnudan emocionalmente. Se ha traspasado la estrecha línea entre el morbo y lo moralmente incorrecto. Telecinco está sin duda en una caída libre que debería preocupar a más de uno. Me voy a dormir con un cabreo curioso. Desde hoy, voy a ejercer un veto particular a esta cadena. No se merecen nada.

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