Archivo de 29 enero 2011|Página de archivo por mes
La triste imagen de la vergüenza
Artículo publicado en Zona Mixta
Por Miquel Rosselló
Corría el año 2007. Por aquel entonces Mateu Alemany, empujado por el firme apoyo de algunos presidentes de Primera División, iniciaba su carrera para llegar al trono de la Real federación Española de Fútbol. Una entidad que durante 17 años había sido el coto privado de caza del anteriormente defensa del Athletic Club y ahora metido a pseudo-dirigente, Ángel María Villar. De todos es sabido que esa candidatura del ex presidente mallorquinista nunca llegó a cuajar por culpa de las maniobras corleonescas del máximo mandatario del fútbol español, que ni corto ni perezoso cambió la normativa a su antojo. La plataforma de apoyo a Alemany finalmente se disolvió y no hubo elecciones en la Federación. Pero eso no le importó a Villar. Él no perdona. Ni tampoco olvida. Sabía que tenía la sartén por el mango y su intención era freír a la entidad mallorquina.
A partir de este momento, y sobre todo aumentado cuando Mateu Alemany retomó las riendas del Mallorca en enero de 2009, el club empezó a sufrir una serie de arbitrajes poco ortodoxos y sospechosos. Penaltis inexistentes, expulsiones más que rigurosas, fueras de juego de libro que no se silbaban. La historia de los árbitros y sus actuaciones son como la existencia de los OVNI: nadie tiene pruebas para demostrarlo (como sí ocurrió en Italia y se muestra en el muy recomendable documental ‘Calciopoli’) pero razones para creer hay de sobra. 9 penaltis en esta primera parte de la temporada parecen razones más que suficientes. Pero más allá de efectos paranormales y victimismos varios, llegaron las pruebas fehacientes. En el momento en que la Federación debió romper una lanza a favor del Mallorca ante la UEFA, no lo hizo. Es más, empujó al club bermellón al abismo para colocar en su lugar al Villarreal. La afición bermellona lloraba su expulsión de una Europa League que se había ganado por méritos propios. Villar y Roig reían.
No contento con ello, Villar se propuso humillar públicamente al Real Mallorca para que a nadie le quedara ninguna duda de que su enemistad con el club era un hecho. Así, en la comida de Navidad que anualmente organiza la RFEF con los clubes, la directiva del equipo balear no fue invitada. No hubo disculpa, ni tan sólo excusa. Esa fue la gota que hizo que el Mallorca decidiera poner fin, de una vez por todas, al enfrentamiento. Ayer Villar recibió, cual señor feudal que acoge a sus arrepentidos súbditos, a la directiva balear en Madrid. Una imagen que, como se suele decir, vale más que mil palabras: él en el centro, comandando la mesa, y el resto de directivos del Mallorca a sus lados.
Se rindió. La directiva dijo basta. Lo dijo arrodillándose ante las herramientas mafiosas de su rival. Es obvio que es difícil competir contra el que maneja el ‘cotarro’ a su antojo, aunque no es menos cierto que algunos aficionados hubiéramos preferido morir de pié que vivir de rodillas (como dijo el revolucionario cubano). Con la foto de ayer se pone fin al expolio al club bermellón. Al menos con el que es patente y notorio. Porqué nadie, ni tan siquiera el todopoderoso presidente de la Federación, puede asegurar que a partir de ahora el Mallorca sea tratado de forma justa sobre los terrenos de juego. Los árbitros se equivocan, y en España más, y es más que probable que el equipo vuelva a ser perjudicado. Aunque ya no se podrá llorar mirando hacia la Federación. Ahora lo haremos como todos, o como casi todos (villarato al margen), insultando y menospreciando al trencilla de turno. Eso sí, parece que los que sí se evitarán serán los penaltis injustos en los despachos.
Artur Mas lo ha demostrado: la cultura es de izquierdas
Desde hace muchas décadas hay en política una serie de tópicos extendidos y marcados a fuego que estigmatizan según qué áreas de gestión. Por ejemplo, las políticas sociales son cosas de izquierdas. O que la economía la gestiona mejor la derecha. Tópicos basados en generalizaciones que se instalan en el imaginario colectivo y van calando hasta convertirse en verdades absolutas. Entre estas áreas está también la cultura.
No sólo en España, que por ser un país sometido durante casi 40 años a una dictadura estaría más que justificado, sino también en el resto del mundo, la cultura ha sido siempre cosa de izquierdas. Actores, escritores y la mayoría de filósofos se han identificado tradicionalmente con los valores del socialismo, el comunismo y otros derivados. En nuestro país, este hecho se relaciona con la dedicación de la Segunda República al fomento del florecimiento cultural y a la formación de las masas. Desde entonces, el gremio ha estado siempre, hasta nuestros días, comprometido con los valores sociales que representa la izquierda y se ha manifestado siempre contraria a los gobiernos de derechas, como se hizo notorio sin ir más lejos durante las manifestaciones contra la guerra de Irak.
Han sido muchos los que se han esforzado en desmentir la hegemonía de la izquierda cultural e intentado convencer de que la derecha también tiene a sus representantes. Aunque, obviamente, menos y más escondidos. Pero era necesaria la llegada de Artur Mas para acallarlos a todos y demostrar, una vez más, que la cultura cojea por la izquierda y no por la derecha. El nuevo presidente de la Generalitat presentó poco después de Navidades su flamante nuevo ejecutivo, repleto de personajes que provienen del mundo de la empresa. Pero, sorpresa. Para el departamento de cultura se guardó un as en la manga: reclutó para la causa a un rencoroso Ferran Mascarell, miembro reconocido del ala catalanista del PSC. Según él, una proclamación que responde a lo que él denomina ‘el Govern dels millors’.
Los medios de comunicación, pecando tal vez de miopía y falta de perspectiva, han destacado la opa hostil de Mas al PSC, sin ser conscientes de algo mucho más destacable. Finalmente, la derecha se rinde y lo acepta. La única cartera para la que el president Mas ha elegido a alguien del ala izquierdista ha sido cultura. ¿A caso no había tantos culturetas afines al color azul?¿No se habían molestado siempre los neoliberales y conservadores en defender su herencia cultural? Parece que finalmente, la realidad aplasta de forma violenta los castillos construidos sobre el aire y se reconoce que, guste o no, el mundo cultural tiene sensibilidades sociales. Y éstas están únicamente en un bando. El otro es, según ellos, el encargado de levantar la economía. Pues eso: zapatero a sus zapatos.
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