Al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, podrían salirles muy caros sus escarceos con el señor Jaume Roures, presidente de Mediapro. Desde que el Consejo de Ministros aprobó el real decreto de la TDT de pago, las relaciones entre Prisa y el Gobierno se han enfriado en la misma proporción que crece la alianza Zapatero-Roures. A los señores de Prisa, que obviamente padecen un pertinente ataque de cuernos tras ser el santo y seña del Ejecutivo socialista en los últimos años, se les ha acabado la paciencia y piensan castigar, por despecho, a aquel que les ha vendido. O al menos, al que ellos creen que les ha vendido (muchos otros sólo creemos que Digital+ se ha tomado muy mal que se le haya acabado el monopolio del fútbol de pago).

Su primer disparo, y primer aviso serio del grupo del señor Cebrián, fue dirigido al corazón socialista: un reportaje publicado el pasado lunes dejaba al descubierto la prostitución existente en La Rambla barcelonesa. Un disparo apuntando al principal bastión municipal del PSOE. Su publicación ha abierto la veda a la crítica a la ciudad condal, y ha desatado un debate que poco bien le hará al alcalde Hereu a poco más de un año y medio de las elecciones municipales.

El segundo tiro se ha producido hoy, estaba en negro sobre blanco, en El País y ha atacado a la principal flaqueza del actual Gobierno socialista: la improvisación en materia económica. Un texto aspero y lleno de citas de publicaciones internacionales dejaba con una mano delante y otra detrás la política económica del presidente Zapatero. Los que antes fueron sus fieles amigos, le abandonan tras observar las nuevas compañías de las que se rodea ZP. Y a Prisa y El País ya le va bien para separarse un poco de un Ejecutivo en su momento más bajo de la legislatura y en plena crisis económica. Pero bueno, a Zapatero siempre le quedará Público.

Para quien no haya podido leer el artículo en cuestión, aquí está:

Donde dije digo… digo impuesto

El Gobierno da bandazos en su política económica mientras la recesión se alarga frente a Europa

RAMÓN MUÑOZ / LUIS DONCEL 06/09/2009

¿Es de izquierdas subir impuestos? Hace cuatro años, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, tenía muy claro que lo verdaderamente progresista era bajarlos. “Queremos que los ciudadanos paguen menos impuestos, que tengan una buena sanidad pública y que consuman menos alcohol y tabaco. Y eso creo que es ser de izquierdas en el siglo XXI”, decía en el Comité Federal del PSOE del 3 de septiembre de 2005.

Ante los entregados miembros del partido, Zapatero sacaba pecho de una España que crecía el triple que la media de la UE y deslumbraba a Europa con la creación de 900.000 empleos en un año y con las cuentas más saneadas de su historia. Hoy, la situación se ha dado la vuelta y nadie aplaude ni se siente responsable del duro trance por una economía que se contrae a un ritmo del 4,2% y ha visto evaporarse 1,3 millones de puestos de trabajo en el último año. El Estado gasta el doble de lo que ingresa, creando un enorme agujero negro de 50.000 millones de euros, que sólo se puede intentar tapar por un medio: impuestos.

El Gobierno ha adaptado su discurso ideológico a ese escenario de crisis profunda. Ahora, subir los impuestos es “razonable y solidario”. No es el único viraje en redondo. Medidas que se presentaron como muestras de la determinación del Gobierno para retomar el mando de la nave han tenido que modificarse sobre la marcha.

El problema es que las circunstancias parecen cambiar en días o en horas, como ha ocurrido con los 420 euros que el Gobierno prometió a los parados. El Consejo de Ministros aprobó por decreto ley el pasado 13 de agosto la ayuda para los parados que hubieran agotado su prestación el 1 de agosto, y supeditando la ayuda a que la tasa de paro superara el 17%. Las protestas en las colas ante las oficinas del Inem no se hicieron esperar ante el hecho incontrovertible de que quedaban fuera los desempleados que llevaban más tiempo en el paro, es decir, los más necesitados. El presidente reaccionó una semana más tarde y dijo que modificaría el decreto. El ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, aseguró que se había enterado de la rectificación de vacaciones en Tarragona. En la reunión con los sindicatos el 1 de agosto, Corbacho propuso ampliar el plazo hasta el 1 de junio, porque el “dinero público no era elástico”. Horas más tarde, no sólo aceptaba ampliar el plazo hasta el 1 de enero, sino que eliminaba el límite de que el nivel de paro baje del 17% para la prórroga de la ayuda, renovable cada seis meses. El talante negociador, como dice el Ejecutivo, o la política errática de la que habla la oposición, le van a costar al Estado 100 millones de euros adicionales al mes.

No es la primera vez que el Ejecutivo se pilla los dedos a la hora de aprobar una medida. Tras meses en los que el ministro de Industria, Miguel Sebastián, las había desechado con insistencia, Zapatero anunció el 12 de mayo ayudas directas de 2.000 euros para la compra de un automóvil nuevo, que entraría en vigor el 1 de junio. La consecuencia obvia es que al día siguiente se vaciaron los concesionarios y no se vendió un solo coche. El Gobierno tuvo que cambiar la fecha y hacer efectiva las ayudas con carácter inmediato, pero al tiempo tuvo que negociar a toda prisa que las comunidades pagasen parte de la factura y la falta de una norma provocó la confusión generalizada.

Donde el Gobierno sí ha mantenido la coherencia es en el “optimismo antropológico” que el presidente ha contagiado a todos sus ministros. Cuando España ya estaba en recesión, negaba la crisis. Esta semana, después de conocerse que 85.000 personas se apuntaron a la lista del paro en agosto, que 142.000 afiliados a la Seguridad Social se dieron de baja en el mismo mes, que el déficit público se ha disparado hasta 50.000 millones y que la caída del PIB español ha sido la más aguda de toda la zona euro en el segundo trimestre, la OCDE, pese a mejorar sus previsiones para los países ricos, advertía que España iba a tener más problemas que otros países para salir de la crisis por culpa del estallido de la burbuja inmobiliaria y el paro desbocado. Horas después, la vicepresidenta económica, Elena Salgado, se aferró al repunte de un índice de confianza del consumidor elaborado por el Instituto de Crédito Oficial para afirmar que “la mejora económica no es un discurso del Gobierno, sino una percepción general que empieza a extenderse por toda la sociedad”.

El problema es que casi todos los organismos internacionales y la mayoría de los economistas coinciden en que la crisis va a ser más larga en España. La Comisión Europea preveía para España en mayo pasado 10 trimestres seguidos de recesión y que nuestro país fuese el último de Europa en volver a crecer. Y la recuperación será débil. El FMI no confía en que España vuelva a crecer por encima del 2% al menos hasta 2015, según las últimas previsiones publicadas.

The Economist, la revista económica más prestigiosa del mundo, ha pasado de alabar la política del presidente del Gobierno (“¡Viva Zapatero!”, titulaba un artículo en julio de 2006) a ponerla bajo sospecha. Calificó sus propuestas del debate sobre el estado la nación -como las de prometer un ordenador portátil para todos los escolares o quitar la deducción fiscal por compra de vivienda- como “conejos que se saca de la chistera”. En su número del pasado mes de julio elevaba el tono de la crítica a propósito del acuerdo de financiación autonómica. Tras asegurar que “se trata del típico modo de gobernar de Zapatero, que por su negativa a tomar medidas impopulares y su hábito de regar con dinero público cualquier problema, se arriesga a prolongar la recesión”, ponía en duda que pudiera ganar las elecciones de 2012. “Aun si lo hace, es una fórmula de italianización de España. Pospón el camino de la reforma ahora y la recuperación tardará más en llegar”, aseguraba la publicación. Pero Zapatero se defiende afirmando que lo que sus críticos llaman “improvisar” él lo llama “gobernar” y adaptarse a las circunstancias. Y que es discutible que España esté en una peor situación que el resto de Europa. “Cada país tiene sus propias características. Nosotros tenemos un problema con el empleo, pero nuestro sistema financiero es de los más sólidos”, responden fuentes del Ministerio de Economía.

La receta para salir de la crisis es otro “conejo” de los que habla The Economist: la economía sostenible. Sin ningún rubor, Zapatero se encargaba de autoproclamarse impulsor de esa nueva era y poner la primera piedra de la economía en un mitin multitudinario en Dos Hermanas (Sevilla) en mayo. “Felipe González decidió que el AVE comenzara aquí y ahora; yo he decidido que empecemos aquí”, el pasado mes de mayo. Al decir aquí, se refería a Andalucía; y lo que iba a comenzar era, ni más ni menos, el nuevo modelo de crecimiento económico que, se supone, servirá para salir de la crisis y sustituir al modelo basado en el ladrillo. Zapatero se comprometió a celebrar un Consejo de Ministros extraordinario en Andalucía que marcaría el inicio del “cambio de patrón de crecimiento”. Más de tres meses después, no hay ni rastro de ese decisivo consejo de ministros andaluz.

“La confusión del Ejecutivo crea desconfianza, que es lo último que necesitamos. El Gobierno está tomado por personajes que sólo piensan en los titulares de los periódicos del día después, que mandan más que el ministro de Hacienda. No se puede estar ofreciendo dinero todo el tiempo, porque no hay dinero. Es evidente que hay que evitar que los más golpeados por la crisis caigan en la marginalidad, pero que alguien me explique para qué quiere 2.500 euros la nieta de Botín si se queda embarazada”, señala en referencia al cheque-bebé el ex presidente socialista de la Comunidad de Madrid Joaquín Leguina. “Yo había oído decir a Zapatero que bajar impuestos es de izquierdas. ¿Y ahora subirlos qué es? A no ser que la definición correcta es para ser de izquierdas hay que estar de acuerdo con todo lo que se le ocurre a Zapatero y a sus colaboradores. Un poco de seriedad”, concluye el ex dirigente socialista.

En materia de impuestos, pesa la misma sensación de provisionalidad. El propio Zapatero ha vuelto a hacer gala de su devoción por lo críptico anunciando una subida de impuestos “limitada y temporal”. ¿Limitada a qué? ¿Con qué plazos? Nadie, ni el propio Gobierno, parece saberlo. La política fiscal del Ejecutivo, y más aún desde la salida de Pedro Solbes, emplea el método de la reducción al absurdo: un miembro del Gobierno o un dirigente del partido lanza una hipótesis en los medios de comunicación, comprueba su acogida, y si es mayoritariamente rechazada, se niega que se vaya a adoptar la medida. Los portavoces son varios y se contradicen entre ellos.

La secretaria de Organización del PSOE, Leire Pajín, decía el 8 de agosto que “la política fiscal que ha hecho el Gobierno es una política fiscal que baja y no que aumenta los impuestos”. El titular de Fomento, José Blanco, “reflexionaba a título personal” el pasado 20 de agosto sobre una subida del IRPF para las rentas altas. La ministra de Economía, Elena Salgado, decía el 26 de agosto en el Congreso que se revisarían todas las figuras impositivas. Días después, Zapatero rechazaba que se fueran a tocar los tipos de la renta de trabajo y apuntaba a un aumento de las rentas de capital, aunque sin concretar la reforma.

Por esta vía de descarte, sabemos que no se subirá el impuesto de sociedades, pero se desconoce, por ejemplo, si subirá el IVA, qué figuras se tocarán del IRPF o en qué medida se retirará la deducción de 400 euros, una modificación que, pese al discurso oficial, afecta a las rentas del trabajo.

En este debate deliberadamente ideologizado de izquierdas y derechas, de ricos y pobres, la última teoría que sostiene el Ejecutivo para justificar el alza de impuestos es que recaerá sobre las rentas altas, que deben hacer un esfuerzo los que más tienen en favor de los más golpeados por la crisis, como los parados.

Sin embargo, el propio Gobierno no sólo no tiene claro lo que va a hacer con los impuestos, sino ni siquiera su definición sobre qué entiende por rentas altas. En mayo, Zapatero colocaba el listón en 20.000 euros anuales, límite a partir del cual no se tendría derecho a la deducción por la vivienda. Blanco consideraba en agosto adinerados (y, por tanto, los que debían pagar más impuestos) a los que ganaban más de 50.000 euros.

Lamentablemente la ideología no sirve para recaudar impuestos. Y muchas voces critican que los efectos de algunas de estas medidas serían más propagandísticos que efectivos. El propio Gobierno parece darse cuenta de que no le basta con la subida de impuestos y prepara un gran recorte de gasto.

Algunos economistas piensan incluso que ni siquiera desde el punto de vista teórico se sostiene la teoría esbozada por el Gobierno de que su reforma fiscal tendrá como fundamento el reparto equitativo de la subida de impuestos, y ven a las rentas medias como más que posible blanco de esas subidas fiscales si el Ejecutivo toca los impuestos directos en lugar de los indirectos como el IVA.

“A corto plazo hay que ser posibilista. Es necesario aumentar la recaudación de una forma más o menos justa a través de incrementos en el IVA y en otros impuestos indirectos, sin tocar el impuesto de sociedades. El IRPF actual es muy poco justo. Las rentas altas que declaran ya pagan bastante: el 10% más rico de la población paga el 50% del total del impuesto. Al que ya realiza un esfuerzo notable no hay que pedirle que haga más. El IRPF es injusto por su diseño y por sus niveles de fraude. Se concentra en muy pocos contribuyentes: a las rentas bajas se lo han quitado, y a las altas les han dado vías de evasión. Son las rentas medias las que cargan con el peso. El IVA por lo menos lo paga todo el mundo, incluso los defraudadores”, señala Ignacio Zubiri, catedrático de Hacienda Pública de la Universidad del País Vasco.

El argumento doctrinal del Ejecutivo de que la subida de impuestos recaerá sobre los más ricos tiene otra vía de agua. Lo dice el Gobierno que ha eliminado el impuesto sobre el Patrimonio, que en la práctica ya algunas grandes fortunas eludían, contra el criterio de sus aliados de izquierda.

Estos aliados sostienen que si lo que el Gobierno socialista quiere es que la salida de la crisis la costeen los más adinerados, lo tiene muy fácil para encontrarlos. Todos ellos están en las SICAV. Bajo estas siglas -sociedad de inversión de capital variable- se amparan unas sociedades anónimas través de las cuales las grandes fortunas gestionan sus ahorros.

Las SICAV tributan al 1% en el impuesto de sociedades (y al 18% cuando sus titulares sacan sus beneficios), frente al tipo general del 30% que pagan casi todas las empresas. La excusa para este trato privilegiado es que funcionan como un fondo de inversión (los fondos tributan al 0%, están exentos, por las plusvalías) y que deben cumplir unos requisitos mínimos como tener más de cien partícipes. En la práctica se han convertido en un refugio fiscal, puesto que la mayoría de esos partícipes son ficticios y en realidad las SICAV son creadas ex profeso para gestionar una sola fortuna o la de una familia. Al calor de esa beneficiosa legislación, las SICAV han crecido en los últimos años y actualmente hay 3.347 que manejan un patrimonio de cerca de 25.000 millones de euros.

Francisco de la Torre Díaz, portavoz de Inspectores de Hacienda del Estado (IHE), lo tiene claro. Considera que las SICAV no son sociedades de inversión colectiva, sino un vehículo para que los grandes patrimonios eludan el pago de impuestos. “El capital es volátil, pero no creo que las grandes fortunas de este país estén dispuestas a todo con tal de no pagar impuestos. Por ejemplo, se podía cambiar la fiscalidad de las SICAV y obligarles a pagar el 18% sobre lo que ganaran y luego eximir a sus partícipes del pago de tributos cuando retiraran sus beneficios. El efecto recaudatorio no sería muy grande, pero daría legitimidad al sistema y sería una buena carta de presentación para luchar contra el fraude, para mandar un mensaje a la mayoría de los contribuyentes de que el sistema es mínimamente justo”, indica De la Torre.

Los planes del Ejecutivo no pasan por ahí. La vicepresidenta económica, Elena Salgado, ya ha sugerido esta semana que no tocarán la fiscalidad de las SICAV, porque se produciría una fuga de capitales, aunque desde otros partidos de izquierda se han alzado voces de protesta.

Los cambios fiscales que prepara el Gobierno son, en realidad, una marcha atrás. En 2007 se vanaglorió de una reforma fiscal que introdujo el tipo único del 18% para las rentas de capital, que en la práctica supone que si alguien gana más de 50.000 euros de plusvalía en Bolsa paga mucho menos que el que gane esa misma cantidad con su nómina como trabajador, aunque también beneficia al pensionista que tiene una renta extra por sus ahorros o al pequeño inversor que cobra dividendos. Ahora parece dar marcha atrás y señala con el dedo a esas mismas rentas.

En la campaña electoral prometió que la deducción fiscal de 400 euros que le ayudó a ganar las elecciones se extendería a toda la legislatura. Y todo apunta a que tiene los días contados, pese a que afecta de pleno a las rentas del trabajo, las que se supone que no se van a tocar.

“Al Gobierno le falta una visión global. La devolución de los 400 euros coincidió con las elecciones generales, y la supresión del impuesto de patrimonio no tenía sentido en un sistema tributario como el español, con una presión fiscal más baja que la de nuestro entorno. Las decisiones del Gobierno han sido caóticas. Se ha confiado en exceso en la evolución del ciclo económico, muy dependiente de las operaciones inmobiliarias. El sistema español es muy elástico a los ingresos cuando las cosas van bien, pero esa misma elasticidad ha hundido ahora la recaudación. Un comportamiento habitual de la Administración española es que, como tenía unos ingresos muy altos, no ha puesto énfasis en combatir el fraude fiscal”, dice Miguel Ángel García Díaz, responsable del gabinete económico de CC OO.

“El Gobierno adopta medidas de política fiscal sin ninguna estructura, como si se estuviera tanteando el terreno. Redujeron los impuestos en un momento de bonanza, pero sin responder a un modelo fiscal, sino medidas deslavazadas: un día se eliminaba el impuesto de patrimonio, otro se daban 400 euros. Todo esto no respondía a ninguna noción razonable de equidad, sino que eran parches por motivos coyunturales”, apunta en la misma línea Zubiri.

La improvisación se ha hecho marchamo a la hora de aplicar tasas e impuestos. Las compañías telefónicas han sufrido en sus carnes esa impulsividad fiscal del Gobierno. El Ejecutivo, a través de la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, había prometido a las televisiones privadas que les compensaría eliminando la publicidad de RTVE. Pero, claro, alguien tenía que financiar la promesa. Como las telefónicas parecían resistir la crisis, se pensó gravarles con una tasa del 0,9% de los ingresos, aunque su negocio audiovisual es residual y realmente no les da ningún margen de beneficio. El miércoles 6 de mayo, De la Vega convoca en La Moncloa a Guillermo Ansaldo (Telefónica), Francisco Román (Vodafone), José María Castellano (Ono) y Jean-Marc Vignolles (Orange), y les comunica la intención de aprobar la medida. Los responsables de las compañías le advierten de la injusticia de la nueva tasa (la van a recurrir ante Bruselas y ante el Constitucional). Dos días después, el Consejo de Ministros aprueba la norma, con el disgusto del ministro de Industria, Miguel Sebastián, que apenas una semana antes había tranquilizado a los operadores diciéndoles que el Gobierno no planeaba ninguna medida en ese sentido. “La vicepresidenta escuchó amablemente nuestras quejas. ‘¿Qué está pasando?’, nos preguntábamos, entre la incredulidad y la sorpresa. Pero no tocaron ni una coma. Se aprobó dos días después en un visto y no visto pese a que se trata de una tasa arbitraria, sin ninguna justificación. Hace falta una política de país que supere esa incertidumbre de no saber a qué estás expuesto y que te garantice un entorno para invertir”, señala uno de los asistentes. En el sector energético también ha habido quejas por el modo en que el Gobierno reguló el bono social y el catálogo de ocurrencias y rectificaciones es amplio.

Mientras el Gobierno afirma que la percepción de recuperación se extiende, la casa de análisis Variant Perception maneja datos muy distintos en un informe que, bajo el título “España: el agujero del balance de Europa”, pinta un panorama desolador para el futuro de la economía española y pone en duda la solidez del sistema bancario español: “Afirmar que en España ha pasado lo peor va contra el sentido común. Creemos que los políticos españoles y los inversores internacionales se equivocan gravemente en su juicio sobre el país. Las circunstancias les obligarán a cambiar de opinión. Cuando todo haya pasado, se verá cómo España era en sí un gigantesco subprime cuyos resultados bancarios fueron buenos hasta que dejaron de serlo. Un estallido repentino típico de las burbujas, por otra parte, del que no será ajeno España”.

El informe ha corrido como la pólvora por Internet y su éxito en los foros de debate puede deberse al tono apocalíptico. Ojalá sólo sea eso, un relato catastrofista de política ficción.

Fuente: http://www.elpais.com/articulo/semana/dije/digo/digo/impuesto/elpepueconeg/20090906elpneglse_2/Tes

portada Marca

A veces uno cree que ya lo ha visto todo en los medios. Se piensa que la frase de que la realidad supera siempre a la ficción está más que comprobada, y que ya nada podrá hacer indignarnos en un medio de comunicación después de la gran decadencia que ha demostrado la prensa deportiva española en los últimos años. Pero sí, siempre queda alguien dispuesto a sorprender. Diario Marca siempre estará ahí.

Un servidor, culé hasta la médula y sin ningún pudor en reconocerlo, tiene la poco sana costumbre de consultar la prensa madridista (que no madrileña) después de los logros de su equipo. Y el día después de la final de la Copa del Rey, no podía ser una excepción. Y mi sorpresa fue mayúscula al observar el tratamiento que dispensaba la edición digital de Marca a la amplia victoria blaugrana. Más allá de la contracrónica de la final, donde obviamente se reconocía la superioridad dele quipo culé, todo lo demás no eran más que excusas que desviaban la atención.

Abrían con la polémica, generada de forma artificial, de la pitada al himno español (lógico, a sabiendas de la ideología del grupo editor de dicho periódico). Seguían con las butifarras que Touré dedicó al público bilbaíno tras marcar el primer gol. Un poco más abajo, noticia de los 45 detenidos en las celebraciones y el grandioso desperfecto del mobiliario urbano (yo pensaba que la noticia era cuando el niño mordía al perro, y no viceversa). En la portada, acusaban a Puyol de saltarse el protocolo por levantar la Copa por encima del Rey.

Pero lo mejor de todo se encontraba en la noticia que abría el portal digital. El día en que el Barça había ganado la Copa del Rey, Marca había encontrado el escudo perfecto para contrarrestar el desánimo madridista. Vendiéndolo como el salvador, como el “único” que podía luchar contra este Barça. El que traería otra vez a los mejores del mundo al Bernabéu. Sí, el mismo que se fue por la puerta de atrás por no aguantar una marejadilla que le podía perjudicar a sus negocios empresariales. Ese mismo, que dice que se fue por el bien del club, ahora vuelve. Y Marca, como no, lo recibe con los brazos abiertos. Todo sea por no hablar del Barça. Todo vale para distraer la atención. La cuestión es vender humo, humo blanco como decía Miguel Rico.

Casi desesperado por la nula oferta televisiva del pasado martes, encuentro gustosamente el refugio a través de unas risas fáciles: Aída. Tras 10 minutos de episodio, en la parte superior izquierda, aparece un anuncio en el que pone ‘La Caja: estreno a las 00:30”. Miro el reloj: son las 00:00. Y, receptivo como soy a todas estas burdas campañas de marketing (además de muy crítico con la televisión), decido quedarme al menos media horita más para ver de que se trata. Sin ningún ‘input’ previo sobre el programa, considero que vale la pena esperar, con la esperanza de que sirva para descubrir algún novedoso formato televisivo.

Para quien no sepa de qué va el programa, le pongo en situación. En cada episodio hay tres personas, tres individuos que por algún motivo u otro tienen un problema que oprime sus vidas. Ellos, sin cobrar ni un euro y con la sola esperanza de poder ver solucionada su angustia, son introducidos en una habitación de unos tres metros cúbicos, cuyas cuatro paredes están ataviadas con ‘videowalls’ que repiten todas la misma imagen. Además, una voz en off  va haciendo a las veces de conductor del programa. Hasta aquí todo correcto. Es toda la información que se desprende de la introducción que se incluye al inicio del programa.

“Puede que no esté del todo mal” pienso para mis adentros, dado que no tengo a nadie a mi alrededor con quien comentar la jugada. El plateamiento me parece, más allá del estilo yankee que le precede, original. Pero todos estos sentimientos positivos se desvanecen desde el momento en que los tres personajes nos exponen sus casos en profundidad: el primero, un hombre de unos 50/60 años de edad que perdió a sus dos hijos, a su nuera y a su nieto en el trágico accidente de Spanair del 20-A; el segundo, una chica que admite padecer una fobia extrema a las cucarachas, hasta el punto de no poder ni mentar su nombre; el tercero, otra chica de unos treinta años de edad que dice estar en una profunda depresión, que su marido la ha dejado y que ha intentado suicidarse hasta en tres ocasiones.

En este momento del programa, cuando no hace ni diez minutos que ha comenzado, ya me comienzo a oler el panorama, sobretodo después de comprobar que el logo de Telecinco está en la parte inferior derecha de la pantalla. Y todavía me reafirmo más en mi pensamiento al ver como empieza la ‘terapia’ al primer paciente. Entra en ‘La Caja’ con la cara descompuesta y casi a punto de llorar. Es bombardeado con imágenes de sus hijos y su nieto pocos días antes del accidente de aviación. Al mismo tiempo, la voz en off le va preguntando que siente, a qué le recuerdan, que le transmiten… Imágenes de momentos felices, a las que él responde “Esa es de un día antes de morir, con toda la vida por delante. Proyectos, ilusiones, y ahora están muertos”. Basta, ya no aguanto más.

Miro el reloj: son las 00:50. Sólo he sido capaz de aguantar veinte minutos, más de lo que en realidad hubiera querido si no fuera porque mi curiosidad predominaba sobre mi moral. Este programa no es más que la comercialización del dolor ajeno llevado al extremo. Personas que, en realidad, sufren problemas psicológicos y psiquiátricos, que lo último que necesitan es ver como una televisión privada gana dinero mientras ellos se desnudan emocionalmente. Se ha traspasado la estrecha línea entre el morbo y lo moralmente incorrecto. Telecinco está sin duda en una caída libre que debería preocupar a más de uno. Me voy a dormir con un cabreo curioso. Desde hoy, voy a ejercer un veto particular a esta cadena. No se merecen nada.

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Hará unos ocho años, cuando los diarios digitales comenzaban a coger forma y se postulaban para convertirse en una alternativa a los periódicos de papel (¡Que viene el lobo! Gritaban mis profesores de periodismo cuando hablaban de ellos), uno de sus principales alicientes era la capacidad para poder comentar la noticia con otros lectores del mismo periódico.

Se imaginaba así un escenario casi paradisíaco, pacífico, reflexivo, en el que los lectores expresarían sus diferentes puntos de vista y donde se podría observar la pluralidad de los usuarios de un diario en cuestión. Algo así como la panacea del diálogo y la exposición ordenada de motivos. Nada más lejos de la realidad.

Pero lo cierto es que el usuario de periódicos digitales (en los que se incluye un servidor como lector masivo) ha optado progresivamente por abandonar este tipo de foros. Esta utopía formulada por alguna mente maravillosa, no tuvo en cuenta un factor: un espacio en el que se puede firmar con un pseudónimo y que no cuenta con ningún tipo de moderación, sería el caldo de cultivo perfecto para que en él se acomodaran todos aquellos que, a base de insultos y descalificaciones, pretenden imponer su visión de la realidad por encima de los demás.

Todos aquellos con ideologías radicales (no sólo en política, también en temas como el fútbol, immigración, aborto…) se sienten a las mil maravillas en un espacio en el que son leídos por mucha gente y donde pueden insultar con total impunidad. Y los periódicos parecen haberse dado cuenta: algunos, como Marca.com, optan por obligar a registrarse a sus usuarios (un paso tan lento como inservible, ya que se puede falsificar la identidad sencillamente); otros, avisan al usuario de que conocen su IP y que podrían emprender acciones legales según cual sea su comportamiento en el foro, como Avui.cat; y la mayoría, está optando por retirar, progresivamente este instrumento de sus páginas (es el caso de ElPais.com).

Por tanto, parece que sólo aquellos periódicos destinados únicamente a generar visitas sin ningún tipo de pudor moral, y que anteponen sus intereses sobre cualquier otro, se las ingenian para seguir justificando los comentarios en sus noticias. Los demás medios, que quiero considerar como prensa seria, los han eliminado o al menos limitado de forma drástica. Porqué no hay nada peor que razonar y ser contestado con insultos. Porqué los radicales ya tienen suficientes instrumentos para darse a conocer y buscar la violencia. 

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Nos encontramos en una época en la que creemos que la tecnología es la solución para todos los problemas. Los científicos no dudan en experimentar con animales, y más tarde con personas, para intentar encontrar cura a algunas de las enfermedades más duras de nuestra era y que hasta el momento son causa segura de muerte. Entre otras muchas, son los casos del SIDA, el cáncer, el alzheimer… Enfermedades muy extendidas en nuestro tiempo y cuya cura supondría una gran mejora en la calidad de vida de aquellos que las padecen (y que cualquier día podríamos sufrir cualquiera de nosotros).

Pero algunas veces la ciencia trata de superar barreras morales que deberían ser inquebrantables por la nula conciencia que tienen los investigadores de sus efectos posteriores. Sería el caso de la clonación humana o, en el caso que me ocupa y me preocupa, el de la detención del envejecimiento celular de las personas. Por si alguien todavía no sabe de qué estoy hablando, me refiero a la ideas expresadas por el gerontólogo biomédico (tal y como él se define) Aubrey de Grey, que en los últimos días ha estado ‘de gira’ por nuestro país.

Este señor, presidente de la Methuselah Foundation (Fundación Matusalén), ha estado en España pregonando que con una desinteresada aportación de miles de millones de euros, en menos de 30 años sería capaz de detener los problemas degenerativos de los procesos celulares en humanos. Es decir, según él, “las personas podrían llegar a vivir 1.000 años”, y lo fundamenta en ideas como que viviríamos 1000 años con el aspecto de 25, o que las mujeres no tendrían nunca más la menopausia.

Pensado ligeramente y sin mucha reflexión puede resultar interesante, cautivador. Pensado fríamente, se trata de una locura que no haría más que acelerar la destrucción de la tierra. Porque, tal vez el señor de Grey, o no ha caído o sencillamente ha ignorado de qué sería de un mundo en el que no cesaran de nacer criaturas y en el que las personas vivieran durante un milenio. Si actualmente los recursos de la tierra están casi agotados, qué sería de ella si fuéramos duplicando exponencialmente su población hasta límites insospechados. Habría un momento en que el planeta se convertiría en un sitio inhabitable, en el que no habría regeneración y en el que durante los 900 años posteriores a la aplicación de su hipotético descubrimiento (del que un servidor duda que sea factible), la natalidad superaría en un tanto por ciento casi infinito a la mortandad.

¿Qué sociedad sería capaz de soportar eso durante mil años? En un planeta con recursos y extensión limitada, la lucha por la supervivencia se convertiría en poco menos que una quimera. Hay veces en que los investigadores no dudan en llevar la ciencia hasta límites insospechados. Y este es uno de ellos. Pero realmente hay ciertos límites que no se deben superar, porque romper con el ciclo de la vida de las personas supondría el principio del fin de la humanidad. Algunos deben aprender que, en ciencia, no todo vale.